Las abejas y su lugar en el campo

Por Mariana Contreras
Publicado en Semanario Brecha
viernes, 05 de junio de 2009

El Fipronil produce un daño neurológico en las abejas, provocándoles problemas de orientación

Con vocación monárquica, pero también con fama de laboriosas y de ser poseedoras de una organización envidiable, las abejas enfrentan hoy una serie de desafíos producto de cambios en los modelos productivos, en el clima y en su propia organización. Hablar de abejas perjudicadas refiere, sí, a un ser vivo en peligro, pero en particular habla del riesgo que corre uno de los agentes polinizadores fundamentales de la naturaleza, que permite con su trabajo la reproducción de variados vegetales. Pero también habla de perjuicios para el apicultor y la industria de la miel, la jalea real, el propóleos y hasta para el método que Carlomagno encontró para aplacar sus problemas de ciática (se hizo picar por abejas para que el veneno hiciera su efecto benigno y aliviara sus dolores, cuenta la leyenda). Pero sobre todo habla de una producción que encuentra en Uruguay a casi 3 mil trabajadores dedicados a la industria apícola, una actividad que, en buena medida, se compone de proyectos familiares.

Es por todo eso que interesa cuando se sabe que las abejas uruguayas, y en particular los apicultores uruguayos, atraviesan tiempos problemáticos: en un año más de 81 mil colmenas desaparecieron junto con los cientos de miles de abejas que las habitaban. En buena medida es el resultado, aseguran ellos, de los agrotóxicos que se utilizan en la agricultura.

De las 514.032 colmenas que había en 2007 quedaron 432.993 en 2008, según los datos del Registro de Propietarios de Colmenas. Pero no toda la responsabilidad es de los tóxicos. Detrás de la muerte de las abejas también existen otras causas, como el clima cambiante, los malos manejos de los propios apicultores, el modelo de los monocultivos que hace tiempo comenzaron a extenderse en el territorio nacional, y la falta de controles que preserven la necesaria rotación de los plantíos en esos campos.

Ayer jueves, por la tarde, los miembros de la Sociedad Apícola Uruguaya (SAU) se manifestaron frente al Ministerio de Ganadería (MGAP) reclamándole acción y respuestas ante la crisis del sector.

SEGÚN LA APICULTURA. El uso de agrotóxicos sobre los cultivos no es ninguna novedad en los suelos uruguayos, aunque sí puede llamarse la atención sobre el alto crecimiento que la importación de los mismos tiene en los últimos años. Son más de 300 las sustancias químicas que se importan y que pueden usarse como agrotóxicos, pero si uno toma tan sólo seis insecticidas de los más usados –y que mayores efectos dañinos tienen sobre las abejas–, observa que el volumen de su importación creció 1.600 por ciento en los últimos ocho años, asegura un trabajo de la Red de Acción en Plaguicidas (RAP-AL).*

El combate que hoy libran los apicultores es, en particular, contra el Fipronil, un insecticida que, según señala el informe, en 2004 fue prohibido en Francia y otros países europeos cuando se determinó su responsabilidad en la muerte de millones de abejas, pero que en Uruguay es uno de los más usados y que registra un aumento en su volumen de importación de 5.300 por ciento entre 2000 y 2008.

El Fipronil “tiene efectos adversos sobre la salud humana”, y la agencia ambiental estadounidense lo identifica “como un posible cancerígeno”. El Fipronil “se bioacumula, no se descompone naturalmente y puede permanecer largos períodos, incluso años, en el ambiente antes de desintegrarse. Puede acumularse en los tejidos humanos y animales. Es menos tóxico para los mamíferos que para algunas aves, peces y la mayoría de los invertebrados, para los cuales puede ser muy tóxico”, aseguró la organización.

Pero a fines de 2008 una plaga de langostas azotó los campos nacionales y este químico fue el abanderado en su combate. El propio mgap habilitó su uso en diciembre, pero ya en febrero de este año, ante “divergencias en las frases precautorias relacionadas a la toxicidad de dicho ingrediente activo para abejas”, prohibió su uso en la floración de cultivos, praderas y campos naturales. Un mes más tarde, y luego del análisis de informes técnicos, el mgap decidió extender la prohibición a la soja y a la cebolla y sólo autorizar su uso como cebo tóxico para hormigas (lo que impide que el químico se esparza indiscriminadamente), y para el control del gorgojo acuático en el arroz. Es que el Fipronil produce un daño neurológico en las abejas, provocándoles problemas de orientación. Las obreras, débiles debido a la mala alimentación provocada por la abundancia de monocultivos, al no encontrar el camino de regreso a sus colmenas mueren en el campo.

Sin embargo los productores agrícolas, una vez visto el rendimiento que el insecticida tiene cuando se utiliza por aspersión, suelen obviar la restricción del cebo tóxico. El problema, dijo Mario Mondelli, representante del mgap en la Comisión Honoraria para la Apicultura, no es el Fipronil en sí “sino su mal uso. La aspersión mata todo insecto, no sólo las abejas; también ataca al suelo; mata orugas, lombrices y otros elementos que forman parte de la microflora del suelo y por los que nadie pelea, pero que son igualmente importantes para el ecosistema”. Y el problema, explicó, es que además el producto se esparce fuera del área de cultivo y alcanza floraciones silvestres que también se ven perjudicadas. Todo ese veneno impacta sobre las abejas, sea porque son alcanzadas por el producto o porque el alimento que éstas llevan a la colmena está contaminado, infectando así a todos sus habitantes y provocando la muerte masiva.

Sin embargo Mondelli coincidió con el ingeniero Pablo Gracco, docente de la Facultad de Agronomía
–además de apicultor–, quien piensa que es difícil determinar cuál de todos los problemas que rondan la apicultura es el principal causante de la mortandad. Gracco sumó a los agrotóxicos los factores climáticos atípicos. La sequía, en particular, ya que impide la aparición de las flores, y, si las hay, nada asegura que tengan néctar. Y si no hay qué recolectar “las abejas no salen a trabajar”, explicó. El propio calor es un inhibidor para su salida. Y las últimas temporadas de seca, aseguró el docente, causaron estragos en las colmenas.

Ambos –Gracco y Mondelli– coinciden con la sau en el perjuicio que los monocultivos provocan en la alimentación de las abejas, que a su vez repercute en la calidad y la cantidad de miel que producen.

La gremial apícola denuncia “el deterioro del ambiente por la aplicación de esquemas productivos agrícolas que se llevan adelante” ante la pasividad del MGAP. Se refiere, sin vueltas, al “modelo sojero”, que además de esparcir veneno se expande él mismo, raudo, por el territorio: si la soja no matara a las abejas con sus tóxicos, dicen, lo haría por el bajo valor nutricional que representa para su organismo. Es que mirado con ojos de abeja, el monocultivo de la soja trajo una disminución en la diversidad de cultivos y especies vegetales. Se trata de un inconmensurable mar verde del que es difícil escapar. Y no sólo es lo único que tienen para comer sino que es de mala calidad. La floración de la soja, además, es por un período muy corto (15 o 20 días) en relación a su vida, que es de unos 40 o 50 días. Una abeja no puede estar esperando la mitad de su vida para comer y, encima, comer mal.

Y tras riesgo, riesgo y medio, porque los apicultores se ven en la necesidad de ir con sus abejas a otra parte, en un intento de alejarse de una zona con problemas. El presidente de la sau explicó que Colonia, Soriano, Río Negro y Paysandú perdieron en conjunto el 60 por ciento de las colmenas desaparecidas el año pasado. Esos son departamentos donde el monocultivo sojero alcanza su máxima concentración, y también son las zonas que mayor aporte hacen a la exportación nacional, a lo que se suma que las colmenas perdidas estaban en regiones con altos promedios de producción de miel por colmena.

En la retirada confluyen nuevos problemas. Por un lado están los temas de costos, pero también, explicó Riera, el estrés que sufren las abejas con los movimientos, que pueden incluso provocar la muerte de la abeja reina –la única fértil de la colmena–, ocasionando que por semanas no haya nuevas crías y complicando así la productividad. Por otro lado los malos manejos también se hacen más notorios. “En 2003 y 2004 el precio de la miel era de tres dólares (con el dólar a 30 pesos), lo que motivó que todo se exportara y el entusiasmo de la gente lo vio como una opción laboral. Se hacían cursos de un año de apicultura por 500 dólares, pero eso no te asegura que puedas trabajar con abejas –dice Gracco–. En un margen amplio de ganancia los errores se disimulan pero cuando el margen es poco, se notan.”

BUSCAR LA SOLUCIÓN. Los apicultores han planteado el desequilibrio natural que se genera con la muerte de las abejas. Ellas son uno de los principales polinizadores que permiten la reproducción vegetal. Y aunque hay alimentos que no los necesitan (el maíz y el tomate, por ejemplo), con otros cumplen un papel fundamental (en particular con los frutales, pero también leguminosas de pradera, girasol, melón, zapallo, sandía). Lo que no hay es investigación nacional que determine si existen insectos nativos que puedan cumplir el rol de la abeja con tanta eficacia.

Pero en particular la búsqueda de soluciones se hace necesaria como forma de proteger una industria golpeada por diferentes lados. De los 3 mil productores actuales, el 70 por ciento son emprendimientos familiares con menos de 200 colmenas. Riera dijo a Brecha que para que el emprendimiento pueda convertirse en el sustento de una familia (en Montevideo, aclaró) se deben poseer unas 500 colmenas. Según 2.765 declaraciones juradas del año 2008, hay 2.191 productores que poseen entre una y 200 hectáreas (claro que no todos lo tienen como única fuente de ingresos o como fuente principal).

Uruguay se encuentra entre los diez países que concentran el 70 por ciento de las exportaciones mundiales de miel. Eso a pesar de que la producción cayó de 14.900 toneladas en 2007 a 9.750 en la zafra 2008 (el primer año se exportó el 95 por ciento de lo producido y el segundo el 92 por ciento). Y a pesar también de que la productividad en algunas colmenas cayó de 25-30 quilos a 10 o 15.

Ahora bien, teniendo en cuenta que los monocultivos parecen estar definitivamente instalados en el país** (piénsese en la soja o en el eucalipto), la pregunta que muchos se hacen es qué posibilidades de convivencia existen entre éstos y la apicultura (en realidad entre ellos y cualquier otra forma de producción). Y qué posibilidades hay, también, de mantener a raya a los agrotóxicos y mejorar los aspectos que hacen a las buenas prácticas productivas.

Uno de los problemas fundamentales es que el mgap no ha logrado controlar el mal uso del suelo que hacen los monocultivadores. Los productores no cumplen con la rotación de los suelos para la llegada de otros cultivos. Tampoco habilitan espacio para la coexistencia del monocultivo con alguna otra producción, lo que podría mejorar la calidad del alimento de las abejas.

En opinión de Gracco no deberían contraponerse los modelos diciendo “una cosa u otra”, y sí establecer reglas claras para el desarrollo de toda la producción. El docente pone el caso de Chile, donde con el tema de los agrotóxicos se logró que los productores de soja respetaran determinados períodos donde la abeja hace su trabajo, y los apicultores tienen una estrategia de trashumancia para los momentos en que la convivencia no es posible. También se logró bajar de 15 aplicaciones de agrotóxicos a sólo cuatro.

El docente dice también que aquí “los argentinos arriendan muy bien las tierras, y si su negocio es la soja no admiten que se les pida un cuarto de campo para otro cultivo con mejor floración. Tampoco les interesa el uso del suelo, porque saben que están un par de años y se van”. Por eso la necesidad de reglas claras, que aquí el ministerio todavía no logró imponer. Mondelli expresó que el mgap está en etapa de implementación de un control de la rotación y de un programa de usos del suelo que controlen lo que hoy queda a voluntad de los productores y sus intereses. “El ministerio está intentando” es la respuesta.


* “Agricultura y agrotóxicos: otra convivencia imposible; RAP-AL”, marzo de 2009. Disponible en www.chasque.net/rapaluy

** Los problemas que ocasionan los monocultivos y la falta de rotación en el uso de los suelos, sumados a la concepción económica detrás de ellos, no se limitan, claro está, a la mala alimentación de las abejas. Pero no son, en esta oportunidad, tema de la nota. Sobre ello pueden consultarse ediciones anteriores del semanario, donde ha sido ampliamente tratado el tema.