La agricultura es posible sin venenos - Cultivando al ritmo de la naturaleza

Por miles de años los pueblos fueron capaces de obtener sus alimentos sin tener que contaminarlos, elegían sus cultivos de acuerdo al medio donde vivían y guardaban sus semillas libremente para la próxima cosecha, ya que esa era la manera de poder asegurar sus alimentos.

Las comunidades humanas evolucionaron eligiendo determinados animales y plantas de acuerdo a sus necesidades y las características del sitio donde habitaban. No había plantas buenas o malas, ya que todas cumplían distintas funciones: unas eran alimentos, otras se utilizaban como medicinas, otras como combustible y otras como adorno. Por miles de años, hombres y mujeres fueron capaces de vivir en armonía con la naturaleza y tanto sus animales como sus plantas sirvieron para satisfacer sus necesidades básicas.

Esta práctica fue cambiando poco a poco con la introducción de nuevas técnicas. Se sabe que pueblos muy antiguos fueron seleccionando sus semillas y mejorándolas de acuerdo a la realidad donde vivían. Al intervenir cada vez más la naturaleza, el ser humano produjo un desequilibrio y éste trajo más y más plagas, enfermedades y epidemias, debiendo así centrarse en combatir las plagas pero no a evitarlas. En esa época los insecticidas eran extraídos de la naturaleza: se utilizaban plantas tóxicas para matar los insectos y las plagas, pero no se utilizaban productos químicos.

Después de la Segunda Guerra, toda la industria bélica y militar se vuelca hacia la agricultura, fabricando venenos y otros insumos para la agricultura. Los mismos científicos que trabajaban en las fábricas de armas químicas para matar en la guerra ahora se dedican a vender venenos similares para matar insectos y plantas.

Durante los años 1950-1960, se implantó en todo el mundo el modelo industrial de la agricultura, conocido como la "Revolución Verde", mediante el cual se aumentaron los rendimientos, pero a costa de impactos graves sobre la salud humana, el ambiente y la seguridad alimentaria.

El paquete tecnológico de la “Revolución Verde” se basó en el uso de semillas híbridas (semillas mejoradas y seleccionadas, pero que no son aptas para reproducirse por segunda vez, lo cual obliga al productor a tener que comprarla cada año), acompañadas de grandes cantidades y variedades de agroquímicos (fertilizantes, insecticidas, fungicidas) y de riego. Cuando se implantó la “Revolución Verde”, se dijo que era la tecnología que acabaría con el hambre en el mundo. Sin embargo, no sólo no fue así, sino que el hambre aumentó y el ambiente se degradó. Si miramos ahora a nuestro alrededor, nos encontramos con suelos totalmente degradados, agricultores arruinados o endeudados y muertes y enfermedades vinculadas al uso de agroquímicos a gran escala. En resumen: destrucción del ambiente, de los agricultores y de la salud.

Los agricultores que trabajan en áreas donde se utilizan plaguicidas químicos y todos quienes manejan dichas sustancias o se encuentran cerca a las zonas donde son aplicadas también están bajo riesgo, ya que pueden suceder accidentes e incluso la muerte a partir de la exposición a agrotóxicos. El consumo de alimentos contaminados, el beber agua de un recipiente que se utilizó para mezclar el plaguicida, la falta de instalaciones para el lavado y aseo personal, agravan aún más el problema.

Los efectos causados por los agrotóxicos en la salud de toda la población son graves. En jóvenes puede ser aún más grave ,ya que serán ellos quienes darán vida a las nuevas generaciones. Algunas consecuencias resultantes son defectos congénitos, esterilidad y cáncer. No hay condiciones seguras para usar los agrotóxicos. Lo único seguro es no usarlos.

Frente a esa situación, resulta obvia la necesidad de cambiar a un sistema de agricultura sostenible, que perdure, sin impactos ambientales perjudiciales para la salud ni el ambiente, que conserve la fertilidad de los suelos, la calidad del agua y la biodiversidad (bio=vida diversidad=diferencia). En otras palabras, una agricultura que permita que al ser humano poder alimentarse sin destruir la naturaleza.

Para poder preservar esa biodiversidad se debe respetar cada elemento que la compone, tanto la diversidad vegetal como la animal. El uso de agroquímicos lo que hace es destruir poco a poco el suelo. Con eso mata microorganismos que son necesarios para que el suelo esté vivo y sano. Al aplicar estos agroquímicos también el agricultor se contamina causando serios problemas a su salud y al mismo tiempo contamina el agua y el aire.

Como alternativa de producción está la agroecología, basada en la producción de alimentos de acuerdo al entorno que les rodea, eligiendo los cultivos que mejor se adapten al medio donde se vive, tomando en cuenta el suelo, agua, árboles, clima, animales y la cultura de cada grupo humano. En una palabra, una agricultura en armonía con la naturaleza.

Fuentes consultadas:
Pinheiro, Sebastiao (2004).- Historia de los plaguicidas (cartilla)
Cárcamo, María Isabel (2003).- Con la “Revolución verde” se nos vendió la panacea ¿con los transgénicos qué? (folleto)


RAP-AL Uruguay
María Isabel Cárcamo
Abril 2005